Evolución y Domesticación

Diferencias Morfológicas

Conducta Canina

La Socialización

Inteligencia y Comunicación

¿Cómo nos pueden ayudar?

 

El canis familiaris o perro doméstico desciende de un animal parecido a un lobo que vivió hace varios millones de años.  La historia parece indicar que el perro fue uno de los primeros animales domesticados por el hombre, con el cual ha mantenido relaciones muy estrechas durante más de 15.000 años. Nuestros actuales perros de compañía se parecen bien poco a los lobos que fueron.  Hoy en día hay más de 400 razas caninas distintas, todas ellas surgidas a partir de una cría selectiva destinada a producir ejemplares cuyo aspecto físico o habilidades resultasen atractivos o útiles. Pero no sólo se ha alterado su aspecto: también ha cambiado mucho la clase de vida que compartimos con ellos. Ya no nos es posible permitir que nuestro perro dé rienda suelta a sus instintos naturales y, en cambio, éste se ve obligado a soportar los rigores de la vida moderna: el tráfico rodado, la falta de ejercicio... y toda una serie de valores que sin duda deben de parecerles totalmente incomprensibles en más de una ocasión.

Si el perro sigue siendo estimado, necesitado y amado por el hombre, ha sido porque supo reinventarse a sí mismo. Y, por lo que parece, al Canis familiaris le espera un largo futuro a nuestro lado.


 

 

 

 

 

Evolución y domesticación

 

Genealogía   *   Evolución   *   Aparición de las razas

 

El perro es un animal carnívoro tal como indican sus cuatro dientes carniceros, diseñados para hincarse profundamente en la carne de las presas. Se cree que los carnívoros aparecieron hace  entre 54 y 38 millones de años, como respuesta a ciertos cambios climáticos y medioambientales. Probablemente, el antepasado más antiguo del perro fue un creodonte (carnívoro de reducidas dimensiones) de aspecto similar al de un hurón denominado Miacis, que vivía sobre los árboles durante el Paleoceno (Paleógeno).

Hace entre 38 y 26 millones de años, el Miacis fue poco a poco reemplazado por varias especies de cándidos (animales de la familia del perro), entre los que se incluía el Hesperocyon. Ëste, que vivía en lo que actualmente llamamos Norteamérica, poseía un oído interno muy similar al de los cándidos actuales, lo cual confirma su vínculo evolutivo. A partir de esta criatura evolucionó el Cynodictis, de aspecto más similar al del perro, una especie que se extendió por numerosas zonas del planeta.

Hacia el final del Mioceno, hace unos 12 millones de años, aparecieron 42 nuevas especies de cándidos, una de las cuales, el Tomarctus, tenía el morro largo, el cerebro muy grande y una complexión muy similar a la del perro moderno, así como una dentadura muy parecida. De este cánido proceden en última instancia todas las actuales razas caninas.

 

Evolución de la especie.

Se han propuesto diversas teorías para explicar el origen del perro, algunas de las cuales lo hacen descender directamente del lobo, mientras que otras aseguraban que su antepasado directo eran el zorro o el chacal. Tanto el perro doméstico como el lobo y el chacal pertenecen a la familia de los cánidos (animales emparentados con el perro).  El parentesco de estas tres especies, así como el hecho de que puedan procrear entre sí, hizo que se especulara con la posibilidad de que el perro fuese producto de un cruce de lobo y chacal. Los científicos modernos consideran, no obstante, que el antepasado directo del perro es el Canis lupus pallipes, una variedad de lobo gris que aún existe en la actualidad en la India y en Oriente Medio.

 

El perro y el hombre

La asociación entre perros y humanos es muy antigua. Ya en la primera pintura rupestre aparecen perros cazando junto con los humanos, y los huesos hallados en asentamientos muy primitivos revelan que el perro y el hombre convivían hace 15.000 años como mínimo. Sin embargo, no parece probable que desde el primer momento humano y canes hayan sido amigos y camaradas. Por el contrario, las relaciones entre ambas especies debieron de ser al principio mucho menos idílicas de lo que podría imaginarse.

Aunque nadie duda de que el lobo sea el antepasado directo del perro, una cosa es que los genes de éste hayan podido dar lugar a razas tan distintas como las de los perros actuales, y otra muy distinta que el hombre haya sido capaz de domesticar de buenas a primeras a un lobo adulto, al fin y al cabo un predador salvaje que vivía integrado en la manada.

Y poco parece muy probable que el hombre robase cachorros de lobezno de su cubil, los trasladase a su casa y éstos se transformaran de manera automática en animales domesticados, ya que con el tiempo los lobeznos llegarían a ser lobos adultos y acabarían comportándose igualmente conforme a sus instintos naturales de predador.

Lo más probable es que se produjese una mutación genética en el lobo más o menos en la época en que el hombre estaba pasando de cazador nómada a sedentario, responsable del infantilismo de algunos individuos que habrían visto detenida su evolución hacia el estado de predador adulto entre los cuatro y los seis meses de edad.

 

Origen de la domesticación

Los deshechos que se acumulaban alrededor de los asentamientos humanos se convertirían en un magnífico recurso para los lobos menos desconfiados con el hombre, los cuales encontrarían alimento más seguro, cómodo y abundante que sus compañeros rebuscando simplemente entre la basura.  Estos lobos infantilizados, a su vez debieron de constituir una fuente suplementaria de proteínas para el hombre a medida que éste iba abandonando sus hábitos de caza para convertirse poco a poco en agricultor.

Por esta razón toleraría que los lobos más mansos merodeasen en busca de carroña y conocería perfectamente que ejemplares producían las crías más robustas. Con el tiempo, estos lobos estancados en la adolescencia acabarían viviendo en los propios poblados. Y éste habría sido el primer paso de domesticación.

Cuando los humanos empezaron a cultivar vegetales, a regresar al punto de origen tras las partidas de caza y a capturar ganado vivo, descubrirían en algunos de estos lobos cualidades muy útiles. Algunos los más infantiles y juguetones, habrían perdido por completo sus instintos de caza y posesión, y resultarían particularmente aptos para guardar los rebaños. Otros destacarían por ser especialmente posesivos, y el hombre fomentaría este rasgo de su carácter si necesitaba ayuda para cobrar piezas cazadas.

El hombre habría entonces conservado y criado aquellos ejemplares que le resultaban útiles, y habría matado, devorado o ahuyentado a todos los demás. Al principio, el hombre habría criado perros para que lo ayudasen en la caza o le protegieran a él y a sus bienes, como muestran las razas caninas más antiguas (Molosos, Lebreles, Bracos y perros de pastor). Por aquel entonces, y durante muchos milenios, al ser humano le importaba bien poco el aspecto externo del perro, ya que únicamente le interesaba su utilidad como animal de trabajo.

La evolución de la Humanidad traería consigo la progresiva popularización del perro, y su dispersión por diferentes partes del mundo, probablemente a través de las rutas comerciales. Los perros serían valorados como animales de trabajo en todas partes, pero probablemente el aspecto de un perro de pastor en cierta parte del mundo diferiría mucho del de otro perro de pastor utilizado en un punto distinto del planeta.

El tipo de trabajo realizado por el perro, en cambio, si se reflejaría en el aspecto del animal. Los perros fornidos y corpulentos como el Mastín resultarían especialmente adecuados para cazar salvajina en el bosque, mientras que los perros más ágiles y ligeros, como los Collies y Lebreles, resultarían muy útiles para perseguir, acorralar o levantar la caza en terreno abierto.

El aspecto del Perro fue evolucionando a medida que se modificaban sus hábitos de conducta. El hombre no comenzó a criar perros únicamente por su aspecto externo hasta el siglo XX.


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Diferencias morfológicas

 

Variedad entre las razas   *   Morfologías especiales   *   La cría selectiva

 

Por medio de la cría selectiva se han producido en el perro más variaciones entre razas que en cualquier otra especie animal. En lo tocante al tamaño, los perros pueden ser desde tan diminutos como el Chihuahua hasta tan gigantescos como el Irish Wolfhound, pasando por todas las tallas intermedias entre ambos.

La complexión puede variar enormemente también, desde el perfil achaparrado y longilíneo de los Dachshund hasta la altiva esbeltez del Saluki. La increíble diferencia entre tamaños, complexiones y temperamentos de las diferentes razas caninas se debe, en parte, a la maleabilidad genética de esta especie, pero también es el resultado de la intervención humana, responsable de una intensa cría selectiva destinada a fomentar determinados rasgos físicos o de carácter que mejoras en el rendimiento de los perros a la hora de realizar tareas determinadas.

 

Colarse por cualquier agujero.

En general, la forma del cuerpo revela la función desempeñada por cada raza. Por ejemplo, los perros criados para penetrar en escondrijos subterráneos en busca de presas veloces y a veces formidables suelen ser relativamente pequeños, delgados aunque fuertes y sumamente ágiles, como la mayoría de los Terriers. Aunque también existen Terriers de gran talla, como por ejemplo el Aireadle, el aspecto del Jack Rusell, Cairn y el Border revela claramente su antiguo oficio de predadores de caza menor y pequeñas alimañas.

 

Raudos y con buena vista

Los perros de carrera, por su parte, suelen ser altos para detectar mejor con la vista las presas en terreno abierto, y su cuerpo está diseñado para darles alcance a enorme velocidad, aunque recorriendo distancias relativamente cortas. El Greyhound Inglés y el Galgo Español son típicos ejemplos de perros de carreras. Su piel, fina y revestida de pelo muy corto, deja ver la esbelta y atlética figura del animal, diseñada expresamente para el sprint, aunque no para recorrer grandes distancias. Ëstos, con su pecho ancho y profundo y sus largas patas, pueden recorrer cortas distancias a increíble velocidad casi sin esfuerzo, y tal vez sin siquiera jadear al final de la carrera.

La complexión de los Lebreles se asemeja mucho a la del animal terrestre más rápido del mundo, el guepardo, capaz de alcanzar una velocidad de 129 km/h. A pesar de ello, su velocidad es muy inferior, ya que no superan los 70 kh/h. En cualquier caso, superan ampliamente la de su antepasado el lobo, que no suele ir más allá de los 56 km/h.

 

Corredores de fondo

Otras razas caninas se criaron, en cambio, para recorrer, enormes distancias sin descansar, aunque a velocidades mucho más discretas. El Husky Siberiano, el Malamute de Alaska y el perro común son más resistentes que los corredores de sprint, y poseen reservas de grasa que les permiten aguantar durante largos viajes. Estos perros se usan aún en la actualidad como perros de tiro para transporte en trineo de largo recorrido en algunas de las regiones más frías e inhóspitas del planeta. Normalmente, trotan en vez de correr, lo cual les permite economizar energía e ir consumiendo sus reservas lentamente.

 

Fuertes, más no veloces

Los perros criados expresamente para guarda y protección poseen cuerpos macizos, casi cuadrados, que los hacen muy fuertes restándoles velocidad. La idea es crear un guardián formidable, imponente y poderoso, aunque a expensas de la agilidad del animal. Sus huesos suelen ser robustos y rectos, pero su cabeza y su cuello pueden resultar desproporcionadamente anchos en comparación con el resto del cuerpo. Los Rottweiler y Mastines son ejemplos típicos.

 

Diseño experimental

Las mayores diferencias entre las actuales razas caninas se deben al hombre, que, viendo incrementarse su tiempo libre en épocas históricas recientes, comenzó a elegir a su perro no ya por su capacidad de trabajo, sino exclusivamente por su aspecto externo. La cría selectiva destinada a fomentar determinados rasgos físicos, no obstante, ha repercutido de forma negativa en la salud de los perros, dando lugar a numerosas enfermedades hereditarias y trastornos físicos como:

*        La forma de los ojos y los pliegues faciales del Shar Pei y el Bloodhound, por ejemplo, se han exagerado hasta el punto de perjudicar seriamente la visión.

*        El desproporcionado alargamiento de la columna vertebral en los Teckel, por ejemplo, pueden provocar serios trastornos dorsales con el tiempo, sobre todo en los individuos de edad avanzada.

*        El incremento desmedido de la talla y el peso también pueden causar problemas de salud. Las razas gigantes, como el San Bernardo por ejemplo, son propensas a sufrir problemas cardíacos, lo cual acorta considerablemente su esperanza de vida.

*        Algunas razas se han alterado morfológicamente hasta el punto de que las hembras son a menudo incapaces de parir sin ayuda. La cabeza de los cachorros de Bulldog, por ejemplo, es tan voluminosa que con frecuencia no puede atravesar el canal del parto, por lo que se hace imprescindible recurrir a la cesárea.


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Ciclo vital del perro

 

Infancia    *    Adolescencia    *    Vejez

 

Desde el día en que nace un cachorro se empiezan a notar cambios visibles.  Crecen y evolucionan a increíble velocidad, y es fascinante comprobar cómo en apenas 12 meses pasan de ser las criaturitas desvalidas  de los primeros días a esos intrépidos jovencitos que nos cautivan sin cesar con sus diabluras.  Cada día aprenden mil cosas nuevas: jugar, comunicarse, comprender el mundo que los rodea, etc.

 

El recién nacido

Los perritos nacen sordos y ciegos.  Aunque están cubiertos de pelo, necesitan estar en contacto con la madre  para mantenerse calientes y protegidos. En los primeros días, el principal órgano sensorial es el del olfato, lo que puede observarse fácilmente contemplando un cachorro recién nacido: su trufa y su morrito son desproporcionadamente   grandes en relación con el resto del cuerpo.

Desde el principio son capaces de moverse, regresando a la camada si se les aísla del grupo, y también de chillar para avisar a la madre de su paradero cuando tienen hambre.

Los cachorros recién nacidos no pueden orinar ni defecar por sí solos, ni tampoco regular su temperatura corporal, y dependen por completo de su madre, que con vigorosos lametones provoca la micción y la deposición; también con su propio cuerpo les proporciona el calor necesario.

Los perros nacen ya capacitados para hacer muchas cosas: los nervios craneales están ya totalmente desarrollados, y eso les permite mamar, tener sensibilidad en el morro, mantenerse en equilibrio e incluso enderezarse instintivamente.  Se trata de un reflejo natural que se produce cada vez que se caen o se les da la vuelta, y consiste en ponerse de nuevo en pie.  Si se agarra por la holgada piel de la nuca a un cachorro recién nacido, éste encogerá de forma característica las patas y se mantendrá totalmente inmóvil.  Pero sólo los primeros cuatro o cinco días: después estirará las cuatro patas, separándolas entre sí.  Los cachorros con menos de una semana no ven ni oyen bien todavía, pero reaccionan ante los ruidos fuertes.  Y también los producen:  chillan o gimotean si se sienten abandonados con el fin de atraer a la madre.

 

De la 1ª. a la 3ª. semana

En cuanto se abren sus orejitas, los cachorros comienzan a reaccionar antes los sonidos y, aunque no pueden ver con claridad hasta que cumplen más o menos cuatro semanas, intentan ya seguir con los ojos la luz y el movimiento de los objetos.  Los cachorros suelen empezar a moverse con cierta soltura a las tres semanas de edad más o menos, caminando en vez de arrastrarse, y alternan breves períodos de actividad con prolongados periodos  durante los cuales duermen profundamente.

 

De la 3ª. a la 6ª. semana

Con cinco semanas, los cachorros pueden ya oír, ver y olfatear como perros adultos, aunque sólo logran concentrar su atención durante lapsos muy cortos.  El destete se inicia normalmente a las tres semanas más o menos, momento en que la secreción láctea empieza a decrecer y la madre a rechazar progresivamente a los cachorros que intentan mamar.  El destete se prolonga normalmente hasta la quinta o sexta semana, y es para los cachorros la primera y más importante lección de convivencia social de su vida, ya que los enseña a soportar la frustración que conlleva el que su madre les niegue el pecho cuando ellos sienten que lo necesitan.  También aprenden mucho jugando con sus hermanos y con la propia madre, pues esto les permite adquirir conciencia de que son perros; muchas posturas utilizadas en el juego y gestos faciales son adquiridas precisamente en esta época.

 

De la 6ª. a la 12ª. semana

En esta época resulta esencial la intervención  humana.  La socialización (proceso durante el cual el cachorro aprende a comportarse con los humanos y con los otros perros) debe tener lugar a esta edad.  Acostumbrarlo, o exponerlo de forma gradual a todos los elementos y cambios que se producen habitualmente en e entorno resulta esencial también.  Un cachorro debidamente socializado y familiarizado con el entorno se convierte en un adulto seguro de sí mismo, feliz y obediente sean cuales sean las circunstancias o los lugares a que deba enfrentarse en el futuro.

A partir de este momento, los cachorros empiezan a recabar enormes cantidades de información sobre el mundo que los rodea.  Ya se mueven con soltura, coordinando perfectamente sus movimientos, y pueden tanto correr como saltar y revolcarse.  Es ahora cuando más necesitan del juego con sus hermanos y con las personas  para aprender normas de conducta social, y cuando clavan sin cesar sus dientecillos punzantes como alfileres para averiguar qué elementos del mundo que los rodea son seres vivos y cuáles meros objetos inanimados.

Normalmente, después de la séptima semana el cachorro ya está completamente destetado y es capaz de ingerir por sí mismo todo el alimento sólido que necesita para satisfacer sus necesidades nutricionales.  Con ocho semanas está preparado para separarse de su madre y de sus compañeros de camada, aunque muchos permanecen junto a la madre hasta que cumplen las diez semanas de  edad.

 

Entre los 3 y los 6 meses

En esta época, el perro adquiere gran masa muscular y ósea, preparándose para la pubertad.  Entre la 18 y la 20 semana, más o menos, se le caen  los dientes de leche y aparece  la dentición permanente.  Este proceso marca definitivamente el final de la infancia propiamente dicha.

El perro experimenta sin cesar diferentes conductas sociales, y tal vez incluso empiece a ensayar comportamientos sexuales, intentando montar cojines, otros animales o a los seres humanos.  Puede también entablar juegos competitivos (de fuerza, posesión, etc.) destinados a averiguar cuál es el perro dominante.  Por medio del juego aprende a comunicar sus sentimientos y también a asumir (y averiguar) su propio estatus social.  A esta edad es bastante habitual que los cachorros empiecen a mostrarse extrañamente miedosos, expresando temor ante objetos o personas con los que ya  estaban familiarizados.  En estas circunstancias, de la reacción del propietario dependerá que esa aprensión se venza o se perpetúe.  Obligarle a enfrentarse a lo  que teme por la fuerza puede provocar que siga temiéndolo de por vida.

 

Entre los 6 meses y el año.

En estos meses representan la adolescencia del perro.  A esta edad las hembras tienen su primer celo y los machos alcanzan la madurez sexual.  Puede ser una época de tanteo  entre el perro y su propietario, ya que las relaciones sociales tal vez se replanteen por completo.  Algunas hembras parecen sufrir cambios repentinos de humor antes, durante o después del celo, y tal vez se muestren reacias a permitir que otros perros se les acerquen.

Los machos suelen empezar a levantar la pata para orinar entre los 6 y los 12 meses.  Lo hacen para delimitar su territorio y para enviar a los otros perros información cifrada en señales olfativas sobre su situación socia y sexual. Sus encuentros con otros perros pueden empezar a estar presididos por sentimientos de rivalidad, aunque no se suele llegar a la agresión física, y con frecuencia pretenderán montar a las hembras o a los otros machos intentando convertirse en el macho dominante.  Los dientes de adulto aparecen entre los 6 y los 10 meses de edad, y es posible que el perro sienta un deseo irresistible de mordisquear, intentando aliviar así la tensión en sus encías.  Es conveniente proporcionarle abundantes juguetes y mordedores para evitar que rompa cualquier otra cosa.

 

Entre 1 y 4 años

Aunque suelen alcanzar la madurez sexual entre los 6 y 14 meses, los perros pueden continuar creciendo y desarrollándose psicológicamente  durante mucho más tiempo.   Los perros miniatura tienden a madurar más de prisa que los grandes, y sobre todo si se trata de razas gigantes como el Terranova y el Perro de Montaña de los Pirineos, que a veces no pueden considerarse propiamente perros adultos hasta los tres años de edad.  La madurez psicológica, por su parte, tarda a veces mucho en alcanzarse por completo.  Los propietarios de razas tan exuberantes como el Boxer, por ejemplo, se preguntan con frecuencia si su perro no  piensa hacerse mayor nunca.  En esta época, los perros siguen aprendiendo y estableciendo roles tanto en el entorno familiar como en sus relaciones con otros perros.  Puede que hasta los tres o cuatro años de edad no empiecen a surgir problemas entre el perro o la perra y los otros perros que vivan en la misma casa.  aunque no es frecuente, a veces  el perro joven trata de arrebatar el puesto dominante al perro de más edad cuando alcanza la madurez necesaria para darse cuenta de su propio estatus.


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¿Cómo nos pueden ayudar?

Terapia asistida por animales, la mejor medicina

¿Qué pensaría si su médico le recomendara tener una mascota? Los animales de compañía pueden resultar muy beneficiosos física y psicológicamente en el tratamiento de numerosas enfermedades. Son muchos los estudios que se han realizado sobre esta materia pero es ahora cuando comienza a extenderse su aplicación real.
Corría el año 1953 cuando el psiquiatra Boris M. Levinson descansaba en su despacho con su su perro Jingles junto a él. Un paciente del doctor se presentó muy nervioso antes de la cita. Se trataba de una madre con su niño, que acusaba gran retraimiento y aquella tarde estaba muy alterado. El perro del Dr. Levinson se acercó al niño, llamado Johnny, y comenzó a jugar con él. El psiquiatra tuvo la brillante idea de incluir a Jingles en el tratamiento para comprobar si esta terapia ayudaba a la rehabilitación de Johnny.

Lo que comenzó como un ensayo fruto de la casualidad, ha terminado constituyendo dos prácticas muy eficientes que hoy en día se conocen como Actividad Asistida por Animales (A.A.A.) y Terapia Asistida por Animales (T.A.A.). El primero de estos programas propone encuentros o visitas en las que se incorpora y juega un papel básico el animal. Se trata de algo espontáneo y no regulado, es decir, que el terapeuta puede ser perfectamente un voluntario no profesional y, por lo tanto, no se registran los avances y no existen objetivos concretos. Los entornos en los que se desarrolla una A.A.A. pueden ser de lo más variopinto y no son específicos.

La T.A.A. es algo mucho más serio y ordenado. Se plantean una serie de objetivos y metas para la recuperación de un paciente que, por norma general, no ha remitido mejoría con otras alternativas más normales.

Así pues, los progresos dentro de esta terapia se van recogiendo para el estudio, el establecimiento de valores en la evolución y el diagnóstico. Éstos son algunos rasgos por los que se diferencian ambos tratamientos y porque la persona que controla el proceso es un fisioterapeuta o psicólogo, es decir, alguien especialmente cualificado.

Beneficios de la interacción

La profesionalidad de estas técnicas exige un grado de preparación en los animales muy alto, por eso, se les selecciona y entrena a conciencia tras cumplir con éxito pruebas de salud, de habilidad y de aptitud.. Las sesiones se establecen de tal forma que se pueda extraer de las mismas algo positivo, ya sea la relajación del paciente, el hecho de que éste hable, demuestre su cariño y sus debilidades, se haga más fuerte, olvide sus problemas de salud, etc.

Los fines que se persiguen con esta terapia, en la que la mascota actúa de coterapeuta de excepción, van desde los beneficios físicos y los mentales hasta los educativos y emotivos. Por ejemplo, físicamente, se persigue mejorar tanto las habilidades en el manejo de una silla de ruedas como las motoras en general. En cuanto a las mejoras psíquicas se pueden conseguir interacciones verbales, desarrollar la autoestima, paliar la soledad y la ansiedad o fomentar la atención.

Además de todos estos logros, también se pueden alcanzar sentimientos deseables como la empatía, la socialización y la aceptación. La mente se estimula e incluso, se puede llegar a estabilizar el metabolismo.

Pero no sólo las mascotas convencionales pueden ser utilizadas para lograr efectos terapéuticos. Si bien el perro es un animal asombroso por su capacidad de aprendizaje, su obediencia, fidelidad y el amor incondicional que profesan, hoy en día existen alternativas terapéuticas como la Hipoterapia (Terapia Asistida por Caballos) y la Delfinoterapia (Terapia Asistida por Delfines).

Principales obstáculos

Está comprobado que los animales son de gran ayuda para el ser humano pero a veces, la intención no es lo único que cuenta. Puede darse el caso de que al enfermo no le favorezcan en absoluto este tipo de técnicas, bien porque se obsesiona con el animal, porque no confíe en las expectativas de curación o, simplemente, porque resulte alérgico.

En el caso del terapeuta, puede ocurrir que no se les permita participar en las terapias o que no estén bien orientados. La institución debe hacerse cargo de toda la responsabilidad legal en caso de accidente, disponer de un espacio adecuado, controlar los ruidos y las condiciones de salubridad. Muchas veces estas organizaciones acaban antes de empezar debido a todas estas cortapisas.

Los animales también pueden llegar a sufrir mucho, por eso es necesario que sean controlados por un veterinario que esté pendiente de sus cuidados básicos.

 

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Conducta Canina

 

Jerarquía de la manada  *  Aprendizaje  e inteligencia

 

¡Un perro es un perro! Tal vez parezca una verdad de perogullo, pero lo cierto es que muchos estamos tan acostumbrados a ver al perro como un miembro más de l familia que acabamos olvidando tanto sus limitaciones como sus habilidades puramente caninas.

El comportamiento canino es una maravillosa fusión entre lo instintivo y lo aprendido. Casi cualquier rasgo de su conducta responde a una necesidad instintiva de propiciar la reproducción y garantizar la conservación de la especie en el entorno salvaje. Educar a un perro, enseñarlo a convivir con nosotros en nuestro mundo, no es otra cosa, en definitiva, que enseñarlo a dar rienda suelta a sus instintos naturales, pero en el momento y el lugar oportunos.

 

Miembros de la jauría

Los perros son animales sociales, y como tal desean por instinto sentirse integrados en la estructura social del grupo y trabajar en equipo en la jauría. En el entorno natural, ningún cándido conseguiría sobrevivir mucho tiempo fuera del grupo, ya que para cobrar piezas de gran tamaño es imprescindible cazar en equipo.  Por esta razón las jaurías de cándidos salvajes están siempre jerarquizadas y presididas por normas que establecen quién tiene derecho a aparearse en la manada y a quién corresponde el privilegio de alimentarse en primer lugar una vez matada la presa.

Naturalmente, siempre hay alguno que intenta desafiar el orden establecido, pero, para evitar graves lesiones que hubieran perjudicado a la manada en general, la evolución de la especie sustituyó las mutuas agresiones por toda una serie de comportamientos, rituales que permiten resolver cualquier conflicto entre los miembros sin derramamiento de sangre. Estos ritos incluyen gestos teatrales interpretados con la cara y el cuerpo, miradas intensas y fijas, gruñidos, etc., un completo y eficaz sistema de signos que sirven tanto para expresar intenciones como respuestas.

Hasta hace no mucho tiempo se creía que el lobo dominante o líder supremo era el individuo más corpulento o fuerte de la manada. Actualmente se cree, sin embargo, que los lobos que detentan el poder y controlan a todos sus congéneres son precisamente aquellos que mejor dominan el lenguaje de los gestos.

 

El jefe de la manada

En el entorno natural, algunos cándidos o lobos se llevan siempre la mejor parte de todo: disfrutan de la porción más grande de la presa, del lugar más seguro para dormir, de las atenciones de los otros, que los acicalan y asean, de aliados dentro del grupo que los apoyan, mientras que otros tienen que conformarse con lo que estos privilegiados desdeñan. Obviamente, los primeros tienen más oportunidades de aparearse y procrear hijos sanos que aquellos que deben de esperar, muertos de hambre, a que los primeros se harten de comer, dormir en la parte más exterior y expuesta de la guarida y arreglárselas casi sin ninguna atención por parte de los demás. A estos cándidos que se llevan siempre la mejor parte de todo y tienen, en consecuencia, más posibilidades de procrear se les denomina individuos Alfa o dominantes.

Este ordenamiento social no debe extrañar  mucho a los humanos. Bien sabemos que el director general de una empresa disfruta de un espacio enorme, de un escritorio y un sillón maravilloso que sólo él puede utilizar, una plaza reservada en el aparcamiento y hasta un coche oficial proporcionado por la empresa, mientras que los subalternos tienen que apañárselas con muchísimo menos.

De hecho, lo que ha hecho posible que humanos y perros hayan llegado a llevarse tan bien han sido precisamente las semejanzas existentes entre la estructura social humana y la canina. En resumidas cuentas, cuando un perro vive con nosotros en casa entiende que nosotros somos los jefes de la manada y que es a nosotros a quienes corresponde elegir, mientras que a ellos les toca indefectiblemente conformarse con lo que nosotros rechacemos. Es precisamente la estructura jerárquica de la jauría lo que impide que surjan conflictos entre ambas especies. Ahora bien, en un animal tan inteligente y adaptable como el perro doméstico, ciertas experiencias podrían anular esta sumisión instintiva. Y es aquí donde entra en juego el aprendizaje.

 

El aprendizaje

Los perros aprenden muy rápido cuando les conviene. Si obtienen algo que les guste con determinada conducta, tenderán a repetirla; si no, lo más probable es que la abandonen.

En este principio se basa la teoría del aprendizaje. Los perros aprenden de forma muy similar a la nuestra. Sabemos, por ejemplo, que si cuando un niño hace algo por primera vez (aplaudir, por ejemplo) le damos a continuación un caramelo, es probable que vuelva a intentarlo. Tras batir las palmas unas cuantas veces y recibir las correspondientes golosinas, es muy probable que el niño se ponga a aplaudir con entusiasmo para demostrarnos que ha aprendido ya a hacerlo. Si, por el contrario, se hubiese castigado al mismo niño por batir las palmas, o simplemente se le hubiese ignorado mientras lo hacía, lo más probable es que el aplauso hubiera durado poco tiempo y el niño no hubiese vuelto a batir palmas más adelante.

Conviene tener en cuenta que lo que un humano adulto considera un castigo puede parecerle un premio a los niños o a los perros.

Si necesitan o desean que les prestemos más atención, un regaño o incluso un castigo físico puede parecerles un premio, ya que para ellos es mejor eso a que se les siga ignorando. Tal vez esto explica por que algunos niños se portan tan mal en el supermercado o algunos perros empiezan a hacer gamberradas en cuanto llegan visitas.

 

¿Son de verdad tan inteligentes?

El perro nos parece a veces más inteligente que los otros animales domésticos, como el gato, porque encuentra la forma de conseguir lo que se propone y porque repite conductas por las que antes ha sido premiado. No obstante, la inteligencia es algo difícil de medir. Tal vez lo único que ocurre es que a los perros se les da mejor comunicarse con nosotros de forma que nosotros les entendamos.

Es posible adiestrar a otros animales, por ejemplo gatos, cerdos e incluso pollos, de la forma en que adiestramos a los perros, pero motivándolos y comunicándose con ellos de otro modo. Los gansos, por ejemplo, son más independientes que los perros y, por lo tanto, no buscan nuestra aprobación.

 

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La Socialización

 

Qué puede esperar de cada edad  *   Facilitarles las cosas

 

Llamamos socialización al proceso por el cual los animales sociales aprenden a enfrentarse y relacionarse con el mundo exterior. Quien ha tenido hijos sabe que los niños necesitan tratar con otros niños para aprender a vivir en el mundo que los rodea. Un niño correctamente socializado suele convertirse en un adulto bien adaptado socialmente. Y lo mismo puede decirse de un cachorrito. Un perro joven necesita aprender como es el mundo que le rodea, como son los hombres, los niños, los otros perros, para no tenerles miedo el día de mañana y reaccionar de la forma adecuada en sus relaciones sociales.

 

PRIMERA INFANCIA

Período neonatal; las dos primeras semanas de vida

El perro recién nacido parece una diminuta hoja en blanco en la que todo está por escribir. Sin embargo, aunque parezca ignorar por completo como debe comportarse fuera del útero materno, no de demos dejarnos engañar: depende por completo de la madre para alimentarse, mantener su temperatura corporal y estar físicamente protegido, pero en realidad no está tan desvalido como parece.

Que hacer. Aunque aún no puedan ver ni oírnos, debemos tomarlos y tocarlos. Viven en un mundo de olores y sensaciones táctiles, y están perfectamente preparados para empezar a acostumbrarse a nuestro olor y nuestras caricias.

 

PERIODO DE TRANSICIÓN

Entre dos y cuatro semanas

En esta época el cachorro evoluciona con extraordinaria rapidez. Sus oídos se abren y empieza a reaccionar frente a los ruidos fuertes dando muestras de sobresalto. También abre los ojos, y pronto empieza a reaccionar ante la luz y los objetos en movimiento.

Que hacer. Prepararlo para la fase de socialización, procurando que su entorno sea cada vez más variado y complejo con el fin de que aprenda a enfrentarse al mayor número posible de cambios en el entorno doméstico.

 

SOCIALIZACION

Entre cuatro y doce semanas

Los cachorros están en el período de socialización a partir de la cuarta semana aproximadamente, y las ocho semanas que siguen son las más críticas de su vida; también las más importantes desde el punto de vista educativo. De hecho, se ha demostrado que los cachorros que no han tenido contacto con humanos entre las cuatro y las doce semanas de edad evitan el contacto con ellos, tienen miedo de la gente y puede ser imposible adiestrarlos más adelante sin ayuda profesional. Hacia el final de este período, sus patrones de pensamiento y su capacidad de concentración son ya similares a los de un perro adulto.

A la mayoría de los cachorros se les deja con la madre hasta que cumplen las siete u ocho semanas. En este tiempo se produce el destete, y los cachorros deben enfrentarse a la severidad de su madre cuando les niega el pecho y a la frustración de no poder mamar. También aprenden ahora, jugando con sus hermanos, a tratar con sus semejantes, a moderar la fuerza de sus mordiscos y a asumir un estatus social, que calibran compitiendo con sus compañeros de camada por los recursos. A esta edad tan temprana ya es posible observar las primeras manifestaciones de sus instintos sexuales y de caza. Con cuatro o cinco semanas, los cachorros de ambos sexos pueden ya montarse mutuamente durante el juego, así como saltar sobre un juguete y zarandearlo como si estuviesen dando muerte a una presa.

Que hacer. Como los cachorros suelen dejarse con la madre hasta bien entrado el período de socialización, corresponde al criador o propietario de ésta acostumbrarlos a los diferentes ruidos, olores, texturas, imágenes y voces que se producen en el entorno doméstico. Por lo tanto, cuando usted recoja al cachorrito éste deberá haber sido expuesto ya a gran cantidad y variedad de estímulos.

Antes de separarse de su madre, un perrito debería haber conocido personas muy diversas entre si, y lo ideal sería que también se hubiese familiarizado con el mayor número posible de elementos de la vida cotidiana posible.

Cualquier cachorro que aún no este debidamente socializado necesita ayuda urgente.

 

Educación continua

La socialización debe prolongarse al menos hasta las doce semanas de edad, de modo que, si ha recogido a su cachorro antes de este momento, será su responsabilidad continuar su proceso de educación en esta época tan delicada de su desarrollo. Incluso a los cachorros que no fueron debidamente socializados en su momento les vendrá bien ahora que se les vaya mostrando poco a poco y con delicadeza el mundo exterior con el fin de lograr que se acostumbren a las personas, objetos y sucesos habituales en el hogar y fuera de él.

Hay que ocuparse de proporcionar a los cachorros la mayor cantidad y variedad de experiencias posibles antes de las doce semanas, a pesar de que lo más habitual es que no hayan completado aún su primer ciclo de vacunaciones y, por lo tanto, no puedan todavía relacionarse libremente con los demás perros. Una posible solución de compromiso es sacarlos a la calle o al parque en brazos; otra sería llevarlos a casa de los amigos o hacer que éstos vengan a nuestra casa a visitarlos. También es bueno hacerles tratar con otros perros, siempre que nos conste que éstos son adultos, son sociables y están perfectamente vacunados contra todo. Esfuércese en proporcionarle todo tipo de experiencias antes de que cumpla doce semanas, todas las que pueda tener en el hogar cuando aún no pueda salir a la calle y, el resto, en cuanto esté preparado para empezar a salir.


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Inteligencia y Comunicación

 

Conducta social  * Aprendizaje * Lenguaje corporal * Mensajes sonoros * Refuerzo positivo

 

En el entorno natural, nuestros perros domésticos formarían jaurías organizadas. A cada perro le correspondería un estatus social determinado, con derechos y deberes concretos, y la jauría en general se relacionaría escasamente con caninos que no conociera. De hecho, si se encontrasen con un perro perteneciente a otra jauría, lo tratarían con gran recelo y, si el grupo se sintiese amenazado por el, lo ahuyentarían con gestos amenazantes y grandes muestras de hostilidad.

 

Comunicación canina

Sin embargo, esperamos que el perro que vive con nosotros se relacione con sus congéneres de forma muy distinta. Lo natural es que los perros pertenecientes a diferentes jaurías/familia, sea cual sea su sexo, su edad y su tamaño, se encuentren y se traten a diario en la calle o el parque, sin que se produzca ningún tipo de confrontación o conflicto.

Esto es posible sólo por dos motivos. El primero es que el perro doméstico, durante su evolución a partir del lobo, probablemente sufrió un proceso de selección natural que lo dejó en estado neotónico, es decir, estancado en un comportamiento juvenil de por vida. Un perro nunca llega a comportarse como un lobo adulto.

De hecho, demuestra gran flexibilidad en su trato social con los demás perros durante toda su vida, si es que no sigue mostrándose, incluso, tan juguetón como un cachorro.

El segundo factor que hace posible que nuestros perros se relacionen entre sí con tanta naturalidad y sin violencia es precisamente la socialización precoz a la que les sometemos. Nosotros les enseñamos desde cachorros que los demás perros, aunque no tengan el mismo olor o el mismo aspecto que sus compañeros de camada, son igual de amistosos y dignos de confianza que ellos.

De todos modos, cuando los llevamos al parque podemos aún observar vestigios de la conducta social de los lobos en su comportamiento. Es cierto que se relacionan con sus congéneres libremente, pero siempre observando una serie de rituales, una serie de normas de conducta social destinadas a hacer posible que un perro se presente ante un desconocido y ambos puedan entablar una relación amistosa, por efímera que ésta sea.

Además, para comunicar a sus congéneres su existencia e intenciones los perros no necesitan forzosamente coincidir; también suelen presentarse ante los demás de otros modos, como marcando el territorio con orina o eligiendo cuidadosamente el lugar más adecuado para depositar sus heces.

 

Comunicación olfativa

Los perros delimitan lo que consideran su territorio utilizando su olor personal. Probablemente, para ellos, leer olfativamente la información contenida en la orina dejada por sus congéneres es un poco como para nosotros ojear el periódico por la mañana. Esas señales olfativas están plagadas de información sobre el sexo, estado de salud, estatus social e incluso situación hormonal de los perros de la vecindad.

Los perros pueden, incluso, detectar mediante el olfato el miedo que están sintiendo otros animales. Se cree que cuando un perro está atemorizado libera ciertas sustancias químicas, denominadas fermonas, destinadas a alertar a los demás sobre el peligro que los acecha. Tal vez esto explica por que a muchos les aterroriza ir al veterinario aunque nunca hayan sufrido ninguna experiencia traumática en la clínica. Es probable que un olfato tan altamente desarrollado permita a los perros saber exactamente cuantos perros hay, o ha habido hasta hace muy poco, en el parque, y si los conoce o no.

 

Comunicación visual

Cuando están al alcance de la vista, los mensajes olfativos ceden paso al lenguaje de los gestos. La mayoría de los perros, si no están sujetos por la correa y pueden moverse con total libertad, se toman cierto tiempo al presentarse ante los perros que no conocen. En el primer momento es posible que nada más verse ambos queden como inmovilizados. Poco después, irán aproximándose entre sí, despacio y con precaución, con frecuencia dando una especie de rodeo en vez de dirigirse directamente hacia el otro, lo cual podría ser interpretado como un intento de agresión. Cuando están cerca, normalmente intentarán olfatearse mutuamente, primero la cara y la cabeza y finalmente la zona genital, mucho más rica en información olfativa.

Después de esto, tal vez uno de ellos se aleje o tal vez los dos a la vez y levante la pata para orinar, dando por concluidas las presentaciones. También es posible que se inviten mutuamente a jugar, agitando las patas delanteras mientras las patas traseras quedan en posición normal, o ladrando. Aunque mientras juegan pueda parecer que están peleando en serio, normalmente ambos comprenden y acatan mientras lo hacen las normas sociales pertinentes y es difícil que lleguen a morderse fuerte o a desafiarse con verdadera hostilidad.

 

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